La primera superficie de contacto con el mundo, la que nos modula la textura y la temperatura, la que nos sensibiliza o nos retrae, es la cubierta cutánea. Nuestra piel enseña, ilustra, delimita - más allá de lo metafórico -, antes de que las palabras o los sentidos más refinados hagan su emergencia en nuestro universo cognitivo.La piel hace de continente, de sostén, de horizonte de intercambio sensible, de protección y de margen prístino frente al otro, frente a todo aquello que se va configurando como ajeno.
¿Cómo entender entonces esa dimensión de vulnerabilidad, de transgresión que acarrean las enfermedades dermatológicas?
Pocos trastornos físicos o psicosomáticos suscitan una atención inmediata tanto como las lesiones cutáneas, sobre todo cuando ocurren en edades tempranas de la vida, como la dermatitis atópica; o cuando descaman y crecen incesantemente, como la psoriasis. Su aparición arrastra consigo la percepción de solidez y de continuidad, al tiempo que convoca un sentimiento de integridad rota que tiene evidentes repercusiones en el plano emocional.
El día de hoy, un grupo de investigadores de Munich hace una contribución notable en la inmunopatogenia de estas dos enfermedades. Señalan cómo, lejos de ser entidades que se alojan en un desarreglo epitelial, son procesos inmunológicos guiados por linfocitos T contrapuestos en sus funciones cooperadoras, estimulados por una señal antigénica que los dispara para roer la piel. Para demostrarlo, estudian a tres pacientes que tuvieron la infeliz coincidencia de ambas dermatosis, en un momento patológico determinadas por células Th2 (estimuladas por alergenos) y en otro, predominando las células Th1 / Th17 que típicamente infiltran las placas de psoriasis.
http://www.nejm.org/doi/pdf/10.1056/NEJMoa1104200
Estos hallazgos son con frecuencia el trampolín donde descansa un tratamiento más racional y más específico de aquellos padecimientos cuya causa nos elude, como los gritos de la piel, tan silenciosos pero tan elocuentes.
http://www.nejm.org/doi/pdf/10.1056/NEJMoa1104200
Estos hallazgos son con frecuencia el trampolín donde descansa un tratamiento más racional y más específico de aquellos padecimientos cuya causa nos elude, como los gritos de la piel, tan silenciosos pero tan elocuentes.



