
Una de las complicaciones que más morbilidad causan dentro del hospital, es el síndrome diarreico por Clostridium difficile. Esta bacteria fastidiosa, que coloniza fácilmente a pacientes inmunosuprimidos, bajo tratamiento antibiótico y con estancias prolongadas, es causa del deterioro físico y metabólico de muchos enfermos en vías de recuperación. Más aún, su diagnóstico se retrasa si no se toman en cuenta los factores predisponentes para su colonización intestinal.
Si bien la bacteria fue descubierta en 1935, no se le reconoció como una causa de diarrea vinculada al uso de antibióticos hasta 1978, cuando se desató el uso indiscriminado de Clindamicina. En el último cuarto del Siglo XX, con la profusión de cefalosporinas y otros antibióticos de amplio espectro, la epidemia de Clostridium difficile se universalizó. Desde entonces, las fluoroquinolonas son los fármacos más frecuentemente asociados con las cepas agresivas de este microorganismo. El proceso de infección supone la excreción de esporas de Clostridium que contaminan utensilios, manos o comida en su ciclo vital. Se trata de una bacteria anaerobia y, como sus congéneres, las causantes de tétanos o botulismo, el C. difficile es resistente a desinfectantes y condiciones adversas de temperatura. Una vez colonizado el intestino, basta que se produzca una disbiosis por efecto de consumo de antibióticos (creando de facto un estado de inmunosupresión relativa en el intestino) para que la bacteria prolifere y cause el cuadro diarreico por el que sospechamos su presencia. A medida que se multiplica, lastima el colon y produce diarrea por efecto inflamatorio, además de la producción de dos proteínas (A y B), típicamente enterotoxigénicas, de las que depende su virulencia.
Un grupo de 15 centros en Canadá, se dieron a la tarea de recolectar datos de más de 4100 casos de contaminación por C. difficile en población adulta hospitalizada. Encontraron que dos terceras partes se infectaron con la cepa norteamericana NAP1 y que los factores de riesgo para padecerla fueron: hospitalización en los últimos dos meses, edad avanzada, uso de inhibidores de bomba o
bloqueadores H2, y empleo de quimioterapia.
Datos que nos gustaría ver reflejados en un cartel en las áreas de enfermería, como recordatorio de que toda diarrea hospitalaria en esas condiciones, amerita una evaluación de electroforesis para descartar o identificar a tiempo a este difícil enemigo.

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